De lámparas y espejos
Últimamente ha estado muy de moda usar el término «ficción especulativa» para hablar de lo que hace más o menos quince años todos llamaban «literatura fantástica».
En teoría, el término agrupa los géneros no miméticos como la fantasía, el terror y la ciencia ficción. Es, se podría decir, un paraguas conceptual para referir a cualquier cosa que no sea literatura realista.
Hablar de lo especulativo en este sentido me provoca un reparo difícil de ignorar. Con el paso del tiempo, he llegado a entender que sostener la oposición entre «realismo» e «imaginación» es un ejercicio estéril e históricamente inadecuado porque los modernismos y vanguardias de inicios y mediados del siglo veinte ya se encargaron de demostrar las limitaciones del realismo naturalista europeo decimonónico tradicional.
En otras palabras, el «realismo» (como ente absoluto y monolítico) no existe.
Ahora bien, supongamos que lo que acabo de decir es mentira y que existe una guerra secreta entre los realistas fieles al New Yorker y los partisanos de la reina Titania y sus nobles caballeros. Asumamos, igualmente, que debemos defendernos.
En este escenario teórico, especular me sigue pareciendo sumamente inadecuado. La mera palabra me remite a operaciones tales como hipotetizar o reflejar.
El problema con estas asociaciones es que, si lo pensamos con detenimiento, toda la literatura tiende a esto. Toda la ficción es, hasta cierto punto, un big what if. Desde este punto de vista, el adjetivo especulativo es peligrosamente irrelevante. Nada en él modifica al sintagma literatura de forma definitiva o sustancial.
Luego está el bache atroz de que el espejo es una figura simbólicamente ligada al realismo. La mímesis es una imitación de la realidad que produce un reflejo literario, musical, pictórico o escénico. Es decir, el bufón de la corte podría argumentar que el especulador juega con las armas del enemigo.
Ouch.
Para los románticos, la imaginación era una lámpara que iluminaba la realidad con su propia luz. Por eso, si hemos de insistir en aviviar los viejos pleitos, creo que la idea de una literatura que ilumine y amplifique la realidad es más versátil que la de una que se dedique meramente a reflejarla, incluso si el reflejo es monstruoso, extraño, imposible o cool.
Lo otro es tomarnos en serio lo que decía Ursula K. Le Guin sobre ser los realistas de una realidad más amplia.
Ahí está el verdadero desafío.